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La Era de la Empatía y sus excesos

El pasado día 28 de Marzo, en el programa de divulgación científica Redes, de Televisión Española, Eduard Punset entrevistó al primatólogo Frans de Waal. El tema: la empatía y el altruismo. Las cuestiones relacionadas con la inteligencia emocional, la empatía, el altruismo,… y, en fin, con la ética y la moral, han sufrido un espectacular repunte en la última década. Varios son los factores que han contribuido a ello: la globalización económica y la lucha de distintos colectivos contra la misma, el éxito de ventas de libros como La inteligencia emocional y, cómo no, las diferentes porpuestas explicativas que, desde campos como la psicología evolutiva, han intentado dar cuenta de nuestra facultad moral desde una perspectiva naturalista (véase, a modo de ejemplo, el primer post de este blog).

Frans de Waal es una referencia en el estudio de las emociones en los primates y, en la entrevista de Redes, nos presentaba su último libro, titulado The age of empaty. Claro está que la solvencia profesional, tanto de Punset como de de Waal, están fuera de toda duda. Pero, y dicho esto, en mi opinión, y siempre en el contexto del dicho espacio televisivo, se realizaron afirmaciones en algunos casos incompletas, y en otros, infundadas. Y a examinar dichas cuestiones voy a dedicar este escrito.

Para contextualizar los argumentos, presentaré algunos fragmentos de la emisión, obtenidos tanto de la transcripción oficial del programa, como del vídeo del mismo.

La primera afirmación chocante que quiero comentar es la realizada por Punset en referencia a las diferencias, “desde un punto de vista neurológico”, entre el cerebro de chimpancés y humanos:

Punset. ¿Cuál es la verdadera diferencia, desde un punto de vista neurológico, entre el cerebro de un chimpancé y el cerebro de un ser humano? El humano es mayor, de acuerdo…

De Waal: En el cerebro humano no hay partes que no se encuentren en el cerebro del chimpancé.

Punset: Increíble, ¿no?

De Waal: […] los cerebros son, esencialmente, iguales, el diseño es el mismo, pero el tamaño del cerebro humano es mayor.

Punset: Si deseamos buscar una diferencia, debemos ir a un proceso cognitivo muy sofisticado, como la conciencia, pero no la empatía. [La cursiva es mía]

De Waal: No, la empatía no […]

De hecho, creo que aquí se mezclan dos niveles de explicación diferentes, aunque relacionados: por un lado, tenemos el nivel neurológico, en el que podemos apreciar que el diseño neuronal es esencialmente “igual”; por otro lado, tenemos lo que esos diseños neuronales permiten hacer, y es en este nivel donde no hace falta recurrir a procesos cognitivos “sofisticados” para apreciar diferencias más que notables entre chimpancés y humanos.

En este sentido, bien sabido es que los chimpancés son capaces de resolver problemas más o menos complejos, pero es menos conocida la incapacidad de los chimpancés para resolver determinados tipos de situaciones experimentales. Y menos conocida todavía es la causa de esta incapacidad, a saber: que los chinpancés realizan determinados errores guiados por su particular comprensión de la situación. En su obra El desarrollo de la mente en los simios, los monos y los niños, Juan Carlos Gómez (2007) examina diferentes aspectos de la resolución de problemas en los chimpancés a través de un buen número de estudios clásicos en el ámbito. Uno de mis ejemplos favoritos es el siguiente:

Un chimpancé intentaba alcanzar una fruta colgada utilizando el método de levantar una caja en el aire y apretarla contra la pared a la vez que intentaba encaramarse a ella; estaba cometiendo un error estúpido, pero al mismo tiempo revelaba que entendía la base del problema. Comprendía la necesidad de un paso intermedio para alcanzar el objetivo y produjo una solución que resolvía el problema de la distancia existente entre él y el objetivo. Desgraciadamente para el chimpancé, la única manera de poder mantener la caja en esa posición era si él la sujetaba, y eso era incompatible con intentar subirse encima de ella. […] Estos errores son absolutamente originales, productos creativos de la mente de los simios. (pp. 151-152)

Lo interesante de este punto es que la comprensión parcial de problemas se ha documentado tanto en primates, como en monos y humanos. No se trata, entonces, de afirmar que en los chimpancés la noción de “comprensión causal” se encuentre ausente, ni de realizar ningún juicio de valor fácil e injustificado (“los chimpancés son estúpidos”), sino, más bien, de señalar que los tres grandes grupos mencionados (primates, monos y humanos) poseen su propia forma de enfrentarse al mundo mediada por sus propias representaciones mentales. En consecuencia, afirmar que el diseño neuronal es coincidente no nos debería llevar a restar énfasis a lo que las diferencias entre la organización de esos diseños permiten hacer.

Otra afirmación a comentar es la siguiente, en este caso realizada por de Waal:

Creo que los monos no toman perspectiva de los demás, viven en sí mismos, son sensibles a las emociones de los demás, pero no tienen la comprensión que muestran los simios ante la situación de los demás. Por ejemplo, si un chimpancé joven se rompe un brazo, la madre se adaptará, irá con cuidado con el pequeño, lo cargará más, y reducirá su marcha… Es decir, adaptará su comportamiento a la situación. Si un mono se rompe un brazo, digamos un mono rhesus, la madre no modifica su comportamiento para nada. Este mono joven sólo debe intentar aguantar. Por tanto, los chimpancés, los elefantes y los seres humanos son más sensibles a la situación de los demás, lo son más que los monos.

De nuevo, creo que aquí se mezclan dos niveles de análisis: por un lado, determinar en qué grado los simios son “sensibles” a la situación de otros simios (lo que sería equivalente a investigar sobre el nivel de empatía de los simios y sobre la presencia o no de una teoría de la mente en ellos); por otro lado, tenemos la cuestión de determinar hasta qué nivel el comportamiento de los monos se modifica en función de la situación de sus congéneres.

La respuesta a esta segunda cuestión es que, contrariamente a lo que de Waal afirma, los monos que muestran un alto grado de modificación de conducta en respuesta a las necesidades de otros monos. Utilizaré de nuevo las palabras de Juan Carlos Gómez:

Una cría de mono ardilla, como la mayoría de los bebés primates, normalmente se aferra al pelo de su madre para facilitar su transporte. ¿Qué pasaría si de pronto un bebé no pudiera hacerlo? ¿Se iría la madre sin él? ¿Se interrumpiría toda la secuencia de comportamiento maternal? El psicólogo Duane Rumbaugh (1965) decidió dar una respuesta a esta cuestión con un experimento expeditivo. Anuló temporalmente la capacidad de una cría de mono de sujetarse a su madre mediante el crudo (pero, por fortuna, fácilmente reversible) procedimiento de amarrarle cuidadosamente las manos, con esparadrapo, a la espalda. La primera reacción de la madre fue invitar a su hijo a que se agarrara presionando su vientre contra el bebé, incluso “le daba pistas” y le dirigía hacia la acción correcta cogiéndole con una mano y llevándole a su vientre. Cuando también falló esto, la madre resolvió el problema cogiéndole con las dos manos ¡y caminando erecta mientras le sujetaba! Probablemente esta era la primera vez que llevaba así a su hijo. Sin embargo, la madre produjo esta acción innovadora espontáneamente, sin tener que aprenderla por ensayo y error. Conductas similares se han observado en condiciones naturales, con bebés que estaban enfermos o, tristemente, muertos, y cuyo cuerpo transportaban las madres. (p. 42)

Ciertamente, la madre de mono ardilla hubiera demostrado una mayor capacidad de comprensión causal del problema si hubiera liberado a la cría de su atadura, comprensión que sí se ha documentado en algunos primates (Gómez ; 2007: p. 42-43). Pero ésta es una cuestión de grado relacionada con aquello que apuntaba más arriba: el hecho que tanto primates, como simios y humanos interactúan con el medio en función de su particular comprensión de éste. Estos hechos, por tanto, nada nos dicen por sí mismos sobre el mayor o menor grado de empatía de los simios: no dudo que, efectivamente, sea mayor (según la expresión de de Waal, “son más sensibles a la situación de los demás que los monos”), pero esta es una cuestión que debería resolverse aduciendo argumentos complementarios.

No obstante, las afirmaciones que más me impresionaron fueron las realizadas por la (a falta de una denominación mejor) “voz en off” del programa. No puedo resistirme a transcribir (de forma aproximada!) dos fragmentos especialmente comprometidos, ofreciendo el minutaje aproximado del vídeo de la entrevista.

El primero dice tal que así:

La gente suele creer que nuestros ancestros se pasaban la vida guerreando; creemos incluso que disfrutaban con ello, como si fuera un estilo de vida […]

En estas condiciones [las condiciones de vida de nuestros ancestros, en la sabana africana], no teníamos ni fuerzas ni motivos para hacer guerras. Había un escaso botín por compartir, así que probablemente convivíamos en armonía unos con otros con pequeñas trifulcas de vez en cuando.

Los grandes conflictos armados no tienen que ver con estas peleas sin importancia. En realidad, no son un producto de nuestra tendencia a la agresión: en una guerra, la mayoría sólo obedece órdenes, y los motivos, decididos por unos pocos que no arriesgan sus vidas, suelen ser económicos.

Pero, ¿cómo pasamos de aquella existencia apacible en la sabana a las guerras de la actualidad? La clave está en la invención de la agricultura: cuando los humanos se asentaron y empezaron a acumular excedentes de la cosecha, algunos comenzaron también a acumular riqueza. En estas circunstancias, los ataques entre grupos resultaban más provechosos. Ahora sí que había un botín por el que luchar.

La guerra se relaciona, pues, con el poder y la riqueza: es un invento relativamente moderno. (17.13′ a 19′ aprox.)

Steven Pinker (2005), dedicó una de sus obras de divulgación (La tabla rasa) a denunicar, entre otras falacias, este tipo de reconstrucciones de nuestro pasado evolutivo, a las que tan acertadamente calificó como “el mito del buen salvaje”. Y es que no hay nada en esta descripción que cuente con unos mínimos apoyos empíricos: más bien tenemos una idealización que nos viene a decir que la guerra es un invento cultural, producto de la agricultura, mientras que en un estadio anterior a la aparición de ésta vivíamos en una pacífica armonía (“La guerra […] es un invento relativamente moderno”). Pero vayamos por partes.

Pasemos por alto uno de los principios básicos de la ecología, aquél que nos dice que a medida que disminuyen los recursos aumenta la compentencia (y no la colaboración) entre los individuos, tanto dentro de la misma especie, como entre especies diferentes. En este punto, se plantea el problema de reconstruir la vida de los primitivos cazadores-recolectores en la sabana africana. Una buena forma de hacerlo, a falta de pruebas paleontológicas más fiables, es el estudio de las sociedades “primitivas” actuales. Y aquí no hay lugar posible para la duda. En palabras de Pinker:

En 1978, la antropóloga Carol Embert ponía de manifiesto que se sabe que el 90% de las sociedades cazadoras-recolectoras participan en guerras, y el 64% las libran al menos una vez cada dos años. Esa cifra del 90% puede ser incluso superior, porque muchas veces los antropólogos no pueden estudiar una tribu durante el tiempo suficiente para contabilizar los estallidos que se produzcan cada diez años más o menos […]. En 1972, otro antropólogo, W.T. Divale, investigó a 99 grupos de cazadores-recolectores de 37 culturas, y descubrió que 68 estaban en guerra en ese momento, 20 lo habían estado entre cinco y veinicinco años antes y todos los demás hablaban de guerras más alejadas en el tiempo. (p. 98)

Y todo eso en sociedades no basadas en la agricultura. Un ejemplo, también recogido por Pinker de este tipo de sociedades:

Como bien documentó posteriormente el antropólogo Derek Freeman, los samoanos pueden pegar o matar a sus hijas si no llegan vírgenes a la noche de bodas, un joven que no sepa cortejar a una virgen puede violar a otra para obligarla a fugarse, y la família de un marido a quien engañe su mujer puede atacar y matar a la adúltera. (p.96)

No parece que ninguna de estas acciones tengan nada que ver con el excedente agrario:

Basándose en estudios etnográficos, Donald Brown incluye en los universales humanos el conflicto, la violación, los celos, el dominio y la violencia de coalición masculina. (p. 98)

Resulta igualmente incomprensible denominar a los posibles conflictos de las sociedades ancestrales de cazadores-recolectores como “pequeñas trifulcas de vez en cuando”:

Muchos intelectuales aducen el reducido número de bajas en las sociedades preestatales como prueba de que la guerra primitiva es en gran medida un ritual. No se dan cuenta de que dos muertes en una banda de cincuenta personas equivale a diez millones de muertes en un país del tamaño de Estados Unidos. (p.97)

Y, para terminar, no es ningún secreto el hecho de que nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, realizan cacerías de congéneres de otros grupos, con los que, por cierto, practican el canibalismo:

Los humanos no descendemos de los chimpancés, claro está, pero ¿hasta qué punto es lícita la comparación del altruismo entre chimpancés y humanos, si, al mismo tiempo, se está dispuesto a negar la comparación de los actos de violencia?

¿Podemos extraer alguna conclusión de todo lo discutido aquí? Creo que sí, y además también creo que es una conclusión importante. En los últimos años nos estamos acostumbrando a aceptar de una forma un tanto acrítica determinadas afirmaciones que podríamos englobar, grosso modo, en los campos de la inteligencia emocional y/o social. La investigación en dichos ámbitos es importante e interesante en sí misma, pero parece que hay un cierto empeño en corregir concepciones arraigadas y, hasta cierto punto injustificadas (“el ser humano es malo”), con argumentos que sólo se basan parcialmente (y a veces de una manera tendenciosa) en la evidencia disponible. Necesitamos del conocimiento para tomar las decisiones adecuadas y correctas, pero sólo podemos adquirir un conocimiento válido si estamos dispuestos a examinar la información disponible de la forma más honesta posible.

Bibliografía

Gómez, Juan Carlos. El desarrollo de la mente en los simios, los monos y los niños. Madrid: Morata, 2007. 431 p. ISBN 978-84-7112-504-2

Pinker, Steven. La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana. Barcelona: Paidós, DL 2005. ISBN 84-493-1489-5

2 comentarios el “La Era de la Empatía y sus excesos

  1. Hola
    Queria dejar un comentario con relacion a la ultima parte del post, nose si has leido el libro “En el principio era el sexo” de Christopher Ryan, Cacilda Jetha
    En este libro se exponen muchos ejemplos de sociedades cazadoras recolectoras actuales que distan bastante de los ejemplos aqui expuestos en referencia a la violencia y la guerra.

    • Hola Aser, siento mucho el retraso:

      Conozco el libro del que me hablas, pero todavía no he tenido oportunidad de leerlo (está en la “lista de pendientes”). De todas maneras, sí que he podido leer alguna reseña (en inglés) que no deja bien parados los argumentos del libro, pero, como digo, lo tengo pendiente.

      En cuanto a los ejemplos, bien podría darse, o haberse dado, la existencia de este tipo de sociedades. El punto que vale la pena tener presente no es que todas las sociedades cazadoras recolectoras fueran violentas, sino que la violencia en este tipo de sociedades no era un hecho aislado, ni mucho menos. En los primeros capítulos de “Los ángeles que llevamos dentro” Steven Pinker trata muy bien este punto.

      Gracias por tu comentario y tu visita. Saludos.

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