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“¡Ponte en mi lugar!”: simulación y teoría de la mente

Uno de los temas de estudio de la Ciencia Cognitiva (CC) que más pasiones desata es la teoría de la mente, que, en pocas palabras, es la capacidad que tenemos las personas de inferir los estados mentales de otros individuos (tales como creencias, deseos,…) para predecir su comportamiento.

De hecho, la teoría de la mente es uno de los campos de estudio clásicos de la filosofía, y no es de extrañar, por tanto, que los principales intentos de explicación de esta facultad hayan sido propuestos desde el ámbito de la filosofía de la mente. En este post me gustaría realizar algunas consideraciones en torno a una de estas teorias, que en los últimos años ha ganado una fuerza considerable: la teoría de la simulación (TS, de ahora en adelante).

La noción intutitiva que, en el contexto de la teoría de la mente, tenemos todos cuando hablamos de “simulación” se corresponde con la expresión que he incluido en el título del post: cuando simulamos los estados mentales de alguién, entonces, lo que hacemos es “ponernos en su lugar”.

El proceso básico de la ST se correspondería con nuestra noción intuitiva. De esta manera, se dice que nuestro sistema de toma de decisiones opera de una manera “off-line”, utilizando como inputs los posibles estados mentales de la persona a simular para predecir su comportamiento. Es por tanto la propia dinámica del sistema la que nos proporciona la predicción (se dice que el sistema funciona “off-line” porque el output del sistema de decisión no es un comportamiento, sino la predicción de un comportamiento ajeno).

Más arriba he mencionado el hecho de que la TS ha ganado considerable atención en los últimos tiempos. Si el/la lector/a tiene un cierto interés en la CC, puede que ya se imagine el por qué: la aparición en la escena científica de las neuronas espejo (ne).

Estas particulares neuronas, descritas en la deécada de 1990 por primera vez en los macacos, son neuronas motoras que se disparan al realizar determinadas acciones, pero también al observar cómo otro individuo realiza esa misma acción. Esta propiedad de las ne a provocado un verdadero alúd de publicaciones que intentan dilucidar su posible papel en distintos fenómenos de la vida humana, siendo uno de ellos, cómo no, la empatía.

En una reciente obra de divulgación , el neurocientífico Marco Iacobini (2009), propone la existencia de una conexión entre las regiones del cerebro humano que se supone presentan neuronas espejo y el sistema límbico, el responsable de la gestión de los estímulos emocionales. De esta manera, habría una relación directa entre la actividad de las ne y la empatía y, por ende, una relación directa entre la actividad de las ne y la TS. En palabras de Iacobini:

[…] las ne nos brindan una simulación irreflexiva y automática (o “imitacíón interna” […]) de las expresiones faciales de otras personas, y este proceso de simulación no exige un reconocimiento explícito y deliberado de la expresión imitada. Al mismo tiempo, las ne envían señales a los centros de la emoción ubicados en el sistema límbico del cerebro. La actividad neuronal del sistema límbico disparada por estas señales de las ne nos permite sentir las emociones asociadas con las expresiones faciales observadas: la felicidad que se asocia con una sonrisa, la tristeza que se relaciona con un seño fruncido. Sólo después de sentir estas emociones internamente podemos reconocerlas de manera explícita. (p. 114; la cursiva es mía)

Es importante notar que la versión de la TS que se vale de las ne es una versión fuerte, ya que propone que el proceso de simulación es automático, sin ningún nivel de participación racional o consciente. Unas páginas atrás de la cita que acabo de reproducir, Iacobini menciona este hecho:

[la TS] sostiene que entendemos los estados mentales de los otros simulando, literalmente, estar en la situación del otro. Existen dos variaciones de esta idea, una más radical que la otra. La versión moderada sostiene que la simulación de estar en la situación de otra persona es un proceso cognitivo, deliberado y que requiere esfuerzo, mientras que la versión más radical afirma que simulamos lo que hacen los demás de una manera automática y bastante inconsciente. En este tema me declaro radical, dado que la forma automática e inconsciente de simulación es coherente con lo que sabemos sobre las ne. (pp. 75-77)

No obstante, la simulación como teoría que intenta dar cuenta de nuestra habilidad para inferir comportamientos y estados mentales ajenos no está exenta de problemas: de hecho, se enfrenta a dos problemas graves. Son los filósofos Stephen Stich y Shaun Nichols quienes mejor han puesto de relieve las dificultades de la simulación, de manera que me voy a basar en su exposición para realizar los comentarios pertinentes.

La primera dificultad de la TS es la atribución de deseos (“dessire attribution”). Curiosamente, nuestra capacidad de atribuir deseos y preferencias, y de predecir en consecuencia el comportamiento de otros en base a esta atribución, es notablemente reducida. Y es que no podría ser de otra manera: puede que la simulación sea un mecanismo poderoso para realizar inferencias sobre bases de conocimiento compartidas, pero nuestro sistema cognitivo está sometido a circunstancias particulares en cada individuo. Los casos de Stich y Nichols, tomados de la psicología social, son relevantes, pero a mí me gusta pensar en estas situaciones en términos de la terapía cognitiva (TC).

Según la TC, y sin entrar en detalles, nuestro sistema de decisiones está afectado por diversos factores, tales como la percepción que tengamos de nuestro yo, los sesgos cognitivos que hayamos desarrollado durante nuestra interacción social, las llamadas “distorsiones cognitivas”,… Es difícil ver, por tanto, cómo nuestro propio aparato de decisión puede simular, a priori y sin poseer ningún conocimiento de todas estas variables, el comportamiento ajeno de una manera en la que el número de aciertos sea máximo.

Los ejemplos más reveladores en este sentido son los proporcionados por las que, en la terminología de la TC, se conocen como “estrategias de afrontamiento” (Riso; 2009 : p. 182)

Un paciente que se consideraba a sí mismo poco inteligente, evitaba la gente brillante. Un individuo que padecía de transtorno narcisista de la personalidad también evitaba estar con gente brillante para no sentirse opacado. Una mujer joven que sufría de fobia social evitaba ser amable con la gente para no verse obligada a intimar o tener amigas que la invitaran después a salir. Un hombre con un fuerte esquema de abandono a quien su mujer lo había dejado por otro no mostraba recuerdos positivos de su relación y había tejido una historia distorsionada de porque “él había hecho todo lo posible para que ella se fuera”.

Ni que decir tiene que estos ejemplos son casos patológicos, pero lo interesante es que, desde el punto de vista de la TC, todos compartimos, en mayor o menor medida, los mecanismos básicos que determinan nuestra relación con el mundo y con los demás: distorsiones cognitivas, esquemas, sesgos, pensamientos anticipatorios,…

El segundo problema para la TS es la atribución de creencias discrepantes (“discrepant belief attribution”). Y es que, de manera semejante a la atribución de deseos, nuestra capacidad para predecir bajo qué circunstancias en la mente de un sujeto se deberían producir creencias discrepantes es notablemente reducida (“¿pero no lo ves?: ¡si es obvio!”). De nuevo, para este post, prefiero ilustrar esta dificultad según la perspectiva de la TC.

Uno de los eslóganes de la TC reza: “es más fácil confirmar que desconfirmar”: en palabras de Riso:

El sistema de procesamiento de la información humano es económico, en el sentido de que debe autorregular sus capacidades para poder adaptarse a un mundo cambiante multivariado. Muchos autores han documentado la tendencia de diversas estructuras informacionales a automantenerse, como por ejemplo, estereotipos, creencias religiosas, esquemas, autoesquemas, prejuicios, creencias políticas y morales, entre otras.[…] Una vez la información se encuentra almacenada y organizada, el sistema asumirá el control de la información entrante, saliente y la que fluye entre esquemas, lo que hará que se alimente o refuerce a sí misma. Con los años, una experiencia inicial habrá sesgado a su favor infinidad de experiencias, lo cual fortalecerá el esquema en cuestión […]. Esa es la explicación de por qué somos, de alguna manera, insensibles a las experiencias y malos estadísticos naturales, y preferimos tomar decisiones basándonos en las teorías que construimos que en los datos. (p. 146; la cursiva es mía)

No siempre preferimos tomar decisiones basándonos en las teorías que construimos. Pero lo que hay que señalar aquí es que, para generar una creencia discrepante, son necesarios para el sujeto los datos y, para predecir una creencia discrepante en la mente de otro sujeto, sería necesario contar con los datos que ese sujeto cree poseer: claramente, en esta situación, ponernos en lugar de ese sujeto no lo soluciona todo.

Bibliografía

Iacobini, Marco. Las neuronas espejo. Buenos Aires: Katz, 2009. ISBN 9788496859548

Riso, Walter. Terapia cognitiva: fundamentos teóricos y conceptualización del caso clínico. Barcelona: Paidós, 2009. ISBN 9788449321955.

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  2. […] teorías tienen sus limitaciones, que voy a comentar brevemente (hace unos meses dediqué un post a estas cuestiones, por lo que invito al/la lector/a a su […]

  3. […] En otros casos, aquello que se contagia puede no ser una norma. Por ejemplo, en el caso de la felicidad, puede que lo que se contagie sea el mismo comportamiento, la misma actitud feliz, gracias al efecto de nuestras neuronas espejo. […]

  4. […] neuronas espejo (ne), y algunos de los problemas que su investigación presenta (por ejemplo: aquí y aquí). Y es que desde que fueron descritas en la década de 1990, se ha visto en su actividad la […]

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