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Contra el relativismo, virtudes epistémicas

La racionalidad es un componente fundamental de la modernidad y la de la mentalidad que ésta contribuyó a crear (especialmente, pero no únicamente, en el mundo Occidental). De la mano de la racionalidad y de sus aplicaciones (técnicas), la noción de progreso adquiere el carácter de una nueva religión secular , o mejor, una religión en la que la razón es su principio vertebrador, y que promete a la humanidad una vida de constantes mejoras y avances en todos los ámbitos.

Pues bien, desde finales del s. XIX aparecen en el panorama intelectual un conjunto de pensadores cuya finalidad será desenmascarar estos dos supuestos centrales de la modernidad (la naturaleza desinteresada de la razón y la noción asociada de progreso): poco a poco, el pensamiento se adentra en la postmodernidad.

Aunque hay más o menos controversia sobre este punto, estoy con los autores que sostienen que la postmodernidad es la consecuencia natural del proceso que comienza con la modernidad, esto es, la instauración de la racionalidad crítica. De esta manera, los diferentes fundamentos de las emergentes sociedades modernas fueron sometidos una y otra vez al escrutinio crítico de la razón científica:

The great figures of the modern era share the common characteristic of explaining phenomena by tracing them to their simpler physical antecedents. Or, to say this in another way, each of them saw and explained the universe as a great machine. Huston Smith succinctly summarizes this story; “For Newton, stars become machines. For Descartes, animals are machines. For Hobbes, society is a machine. For LaMettrie, the human body is a machine. For Pavlov and Skinner, human behaviour is mechanical”. Darwin and his successors traced the evolution of humankind to simpler and early forms of life and eventually to their chemical components. In so doing, human life lost its uniqueness. Marx reduced human history and idealism (including religion) to impersonal economic forces. […]. Eventually, mind itself was reduced to chemical reactions and the neutralizing solvent of a wholly materialistic physics. Along with mind, of course, the scientific mind also dissolved free will, moral values, motivations, ideologies, politics, the soul, and a meaningful end, as each was, in turn, reduced to indifferent, mechanistic causes. (Ford; 2007: p. 94)

Es importante entender que este proceso de “disolución” está implícito en la dinámica de la mente moderna. No podría ser de otra manera: la fundamentación de la justificación para nuestras creencias en leyes universales, observables, medibles, objetivas, deja fuera a una gran parte de la experiencia humana. Los absolutos, pues, los imperativos morales que decían al hombre qué es bueno o qué debería hacer, se quiebran bajo el peso de la razón y su método científico, ya que estos pueden ser examinados y acusados de “subjetivos”: éste es precisamente el sentido del famoso eslogan de Nietzsche “Dios ha muerto”.

Pero el proceso de crítica se aplica sobre la razón científica misma. De esta manera, ¿en qué sentido es “cierto” el conocimiento que nos proporciona la ciencia? ¿No está entre los presupuestos de la empresa científica que todo conocimiento es revisable en sus fundamentos, sometible a crítica, refutable? ¿No es la crítica continuada, precisamente, aquello que caracteriza al pensamiento moderno y a su noción de progreso?

El ciclo virtuoso de la razón que somete a escrutinio crítico a sus propios fundamentos sólo puede llevar a la consideración de que el conocimiento que obtenemos es provisional, esto es, sólo es cierto hasta que se demuestre lo contrario.

¿Y qué decir de la distinción entre “objetivo” y “subjetivo”? Nietzsche emprendió una crítica feroz a la epistemología moderna, a la creencia en un método objetivo para descubrir la verdad “ahí fuera”. Por un lado, la creencia en leyes inmutables de la naturaleza es una ficción: la realidad es fluida, en perpetuo devenir, no está fijada de una vez por todas. Por el otro, los sentidos, propone Nietzsche, no nos engañan, no hay propiamente un contraste entre “objetivo” y “subjetivo” porque, en todo momento, únicamente podemos conocer el mundo mediante nuestros sentidos: la “cosa-en-sí” kantiana es un absurdo, nuestro acto de “conocer” está contaminado por prejuicios, ficciones, intereses que nada tienen que ver con lo objetivo.

Todas estas consideraciones han dado pie, al menos desde finales de la década de 1960, a dos movimientos intelectuales que se encuentran fuertemente enraizados en nuestra mentalidad: hablo del constructivismo (o construccionismo) social y del relativismo.

Como en el caso del término “postmodernismo”, tanto el constructivismo como el relativismo son complejos de definir, debido a la gran cantidad de autores, cada uno con sus propios postulados, que de una manera u otra han sido asociados a estos movimientos. No obstante, para los intereses de este post, sí que podemos realizar una breve caracterización general de ambas posturas.

El construccionismo, pues:

considera el que una opinión dada sea verdadera como algo que depende únicamente de si diferentes grupos sociales o culturales consideran que lo es, de manera que incluso si una opinión es considerada como verdadera por un grupo y no por otro, eso no significa que alguno de ellos esté equivocado. (Hetherington; 2007: p. 185)

Definido de esta manera, el construccionismo social es una forma de relativismo. Y es que, si tomamos la definición de la Wikipedia como guía, el relativismo:

es una posición filosófica que sostiene en ciertos aspectos que no existen hechos o principios universales compartidos por todas las culturas humanas.

Como podemos ver, ambas corrientes de pensamiento son una reacción contra el realismo, término de nuevo polifacético, pero que, simplificando, podemos decir que es la aseveración de la existencia en la naturaleza de hechos independientes de nuestra mente y de nuestras creencias previas, siendo la tarea de la ciencia el descubrirlos.

Pero, ¿es cierto que el que una opinión sea verdadera depende únicamente de si los miembros de una comunidad están de acuerdo en ello?; ¿es cierto que no existen principios universales compartidos por todas las culturas humanas?

La respuesta a ambas preguntas es “no”. Comencemos con la segunda pregunta.

Una de las grandes virtudes de la ciencia cognitiva ha sido el poner de manifiesto que los mismos principios básicos de pensamiento y de conceptualización de la realidad operan en todas las mentes humanas. Sumemos a esta idea la naturalización de la epistemología (esto es, el observar nuestras capacidades cognitivas como producto de la evolución filogenética de la especie humana), y tendremos dos buenos motivos para comenzar a dudar de la aseveración “no existen  principios universales compartidos por todas las culturas humanas”.

Tanto la hipótesis de la mente como un procesador de  información, como la noción de epistemología naturalizada podrían acabar resultando falsas, o matizables en buen grado. No obstante, hasta el momento, se han obtenido un buen número de resultados que indican más bien todo lo contrario. Ya he mencionado en un artículo anterior los universales humanos de Donald Norman. Pensemos ahora en la hipótesis, en sentido fuerte, de Shapir y Whorff: la idea de que el lenguaje determina totalmente la forma de pensar del hablante.

Shapir y Whorff postularon, por ejemplo, que los indios zuñis, que no poseen vocablos diferenciados para los colores “amarillo” y “naranja” serían incapaces, en virtud de este hecho, de diferenciar entre estos colores. Todo lo contrario, son perfectamente capaces de hacerlo. Otro ejemplo: los indios del amazonas poseen más vocablos para el color “verde” que nosotros, esto es, poseen más términos para los diferentes matices del color verde. ¿Quiere eso decir que nosotros somos incapaces de distinguir los diferentes matices del verde?: obviamente, no.

Pasemos ahora a la hipótesis del construccionismo social: ¿el consenso sobre la verdad de un hecho en un grupo social convierte automáticamente a ese hecho en verdad? Ni que decir tiene que, expresado de esta manera, es un postulado absurdo:

Si las generaciones futuras decidieran negar que ocurrió el Holocausto nazi, ¿estarían construyendo socialmente el mundo a partir de cero? En absoluto: quizás algún pueblo venidero no recuerde la verdad de los horrores ocurridos; sin embargo, desde el momento en que tuvo lugar el Holocausto, ninguna palabra -o construcción social futura- hubiera podido hacer que “no ocurriera”. Los hechos del Holocausto perdurarán, aunque las transformaciones sociales que hayan de sobrevenir impidan que las generaciones futuras los conozcan. (Hetherington; 2007: p.188)

 Si tanto el construccionismo como el relativismo conservan entre nosotros un alto grado de atractivo es porque en su versión débil poseen cierta plausibilidad. De esta manera, no todas las verdades sobre los hechos dependen de lo que un grupo social convenga en determinar como verdad, pero qué duda cabe que ciertos grupos sociales, especialmente los que detentan el poder (político, militar, económico, intelectual,…), tienen una gran capacidad para hacer pasar por “verdades” sus propios discursos interesados. De la misma manera, puede que existan principios compartidos por todas las comunidades humanas, pero también es cierto que existen conflictos irresolubles entre las mismas (especialmente conflictos derivados de prácticas éticas).

Así pues, las versiones débiles del construccionismo y del relativismo se siguen presentando como argumentos en contra de la tarea científica y de sus pretensiones de verdad: la ciencia no sería más que una construcción, una narración tan plausible como cualquier otra.

Y esto, de hecho, vuelve a ser una equivocación. Aún aceptando como válidas, legítimas y necesarias las versiones débiles  del construccionismo y del relativismo, en las últimas décadas la epistmología (o teoría del conocimiento) ha abandonado la noción de conocimiento cierto e infalible, heredada de la modernidad, para abrazar la de “conocimiento falible”. Esto es, nuestra actividad como sujeto que conoce puede estar en ocasiones sujeta a error, influenciada por prejuicios sociales y/o ideológicos, pero, con todo, es posible seguir conociendo hechos del mundo, aún cuando el conocimiento adquirido sea provisional y revisable. Dos nociones son centrales en esta nueva epistemología: la noción de mecanismo fiable y la noción de virtudes epistémicas.

La idea de mecanismo fiable hace referencia al hecho de que la pretensión de alcanzar una certeza absoluta por medio de nuestros actos de conocimiento es innecesaria. Dicho de una manera laxa, en nuestra actividad diaria no poseemos una certeza absoluta sobre muchos fenómenos (“¿saldrá el sol mañana?”), pero nuestros procesos cognitivos son lo suficientemente fiables para desenvolvernos en la vida de una manera óptima, ya que nos permiten alcanzar verdades con un alto grado de fiabilidad (es decir, nuestras creencias poseen un margen de error, sin que ello suponga que seamos incapaces de conocer nada de una manera objetiva). A mi juicio, la virtud del concepto “mecanismo fiable” es que todos los humanos compartimos esos mismos mecanismos cognitivos (sensoriales, de memoria, psicológicos,…), de manera que podemos conceder la verdad de las versiones débiles del construccionismo y del relativismo sin que esto altere la posibilidad de conocer hechos del mundo de una manera objetiva.

Queda, finalmente, comentar la noción de “virtudes epistémicas” a las que me refiero en el título del post como remedio al relativismo. Preguntémonos: ¿es suficiente la idea de mecanismos fiables para adquirir creencias verdaderas, independientes de nuestros sistemas sociales? Y la respuesta es que no: tan importante es el mecanismo fiable como la aptitud del sujeto que conoce:

los sujetos epistémicos adquieren responsabilidad sobre sus creencias. Un sujeto epistémicamente responsable no deja de creer algo porque no le guste o porque ofenda a sus principios morales o estéticos, o, inversamente, no cree algo simplemente porque le guste que las cosas sean así o porque crea que deberían ser así. La responsabilidad epistémica, en este sentido, forma parte de la trama de la responsabilidad humana de un modo tan básico como poco apreciado. […]

Este estadio de conocimiento reflexivo es el que alcanza un sujeto cuando adopta una perspectiva epistémica. Al adoptar una perspectiva epistémica, el sujeto examina el grado de buen funcionamiento de sus facultades, y tiene en cuenta tanto las propuedades epistémicas de esas creencias como las condiciones en las que se han producido. Si fuera el caso, admitiría o revisaría la creencia producida. (Broncano, Vega; 2009: p. 98-102)

Como sujetos que conocen hechos del mundo, independientemente de que seamos científicos o no, y que aspiran a un mundo más justo, la responsabilidad epistémica, como dicen Broncano y Vega, la revisión de nuestras creencias sin apelar a la defensa de un relativismo fácil que todo lo justifica, es un deber fundamental de la condición humana que nunca será lo suficientemente apreciado.

Bibliografía 

Broncano, Fernando; Vega, Jesús. “Las fuentes de la normatividad epistémica: deberes, funciones, virtudes”. En: Quesada, Daniel  (coord.). Cuestiones de teoría del conocimiento. Madrid: Tecnos, 2009. ISBN 978-84-309-4881-9.

Ford, Dennis. The search for meaning: a short story. Los Angeles: University of California Press, 2007. 290 p. ISBN 9780520257931.

Hetherington, Stephen. ¡Filosofía!: una breve introducción a la metafísica y a la epistemología. Madrid: Alianza, 2007. ISBN 978-84-206-6183-4

 

7 comentarios el “Contra el relativismo, virtudes epistémicas

  1. […] muy relacionada con el relativismo y el construccionismo social. Y, como ya he comentado en un post anterior, la hipótesis en su versión fuerte no se sostiene. No sólo el lenguaje no determina el […]

  2. […] Contra el relativismo, virtudes epistémicas abril, 20101 comentario 3 […]

  3. […] Nuestro conocimiento puede que sea falible, pero eso no lo invalida (véase mi post sobre las virtudes epistémicas para una exposición algo más […]

  4. […] Esta es una cuestión recurrente en nuestras sociedades, impulsada por el postmodernismo. En un post anterior ya he tratado esta cuestión, por lo que no me puedo extender aquí. Simplemente, […]

  5. […] sociales. No puedo entrar a discutir en profundidad esta polémica, que ya he tratado en otro blog. Pero hay buenos argumentos en contra del relativismo, que se pueden resumir como sigue: los […]

  6. Excelente texto. Me aclaró la Big Picture de la Filosofia de la Ciencia, sobretodo por qué se usa el concepto de Virtudes Epistémicas. Gracias.

    • Hola Susana:

      Me alegra que te haya aclarado esa visión general de la que hablas, es un tema que da para mucho.

      Muchas gracias por tu comentario: un saludo.

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