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Pensamiento, lenguaje y conceptos

¿Para qué sirve el lenguaje? Puede parecer una pregunta sorprendente: “para comunicar”, responderíamos muchos. Sin duda esto es cierto, pero ¿tiene el lenguaje algún efecto en nuestra vida mental? Más concretamente, ¿tiene el lenguaje algún efecto sobre nuestra capacidad conceptual?

Recordemos que la categorización conceptual es el proceso mediante el cual, dicho de una forma sencilla, agrupamos ítems de la realidad en clases, en virtud de alguna o algunas características que esos ítems comparten (o que creemos que comparten). La representación mental de esas categorías reciben la denominación de conceptos. Por poner un ejemplo:

En algún momento u otro de nuestra vida hemos tenido contacto con animales cuadrúpedos, que ladran y poseen el título de “mejores amigos del hombre”. Esos animales forman una categoría: la categoría “perro”. No obstante, para que esa categoría tenga algún papel en nuestra actividad diaria, tiene que estar representada de alguna manera en nuestra mente (como un conjunto de características comunes, por ejemplo): en otras palabras, hemos de poseer el concepto “perro”.

Hay tres maneras posibles en que podríamos relacionar el lenguaje con nuestra capacidad conceptual:

  • El lenguaje no tiene ningún tipo de efecto sobre nuestra capacidad conceptual.
  • El lenguaje determina nuestra capacidad conceptual.
  • El lenguaje potencia, de alguna manera, nuestra capacidad conceptual.

Comencemos con la primera posibilidad: el lenguaje no tiene ningún tipo de efecto sobre nuestra capacidad conceptual. Para evaluar esta afirmación, hemos de determinar en qué medida los animales que no poseen un lenguaje estructurado como el lenguaje humano dan muestras de capacidad conceptual. Al fin y al cabo, si estos animales poseen una capacidad conceptual más o menos compleja puede que el lenguaje funcione de una manera independiente a la categorización conceptual (esto es, que ambos sistemas sirvan para cosas diferentes). Los resultados aquí son más que sorprendentes.

Mi ejemplo predilecto es el caso del loro Alex (1976-2007). Alex podía identificar, gracias a un entrenamiento lingüístico, cincuenta objetos diferentes, siete colores y cinco formas; además comprendía números menores de diez, y distinguía entre cosas que eran iguales y cosas que eran diferentes. Claro que todoas estas proezas podrían haber sido fruto de su entrenamiento lingüístico. O puede que no: en el artículo de la Wikipedia dedicado a Alex, podemos leer afirmaciones como las siguientes:

Alex showed surprise and anger when confronted with a nonexistent object or one different from what he had been led to believe was hidden during the tests.

He asked what color he was, and learned “grey” after being told the answer six times.

He called an apple a “banerry”, which Pepperberg [su entrenadora] thought to be a combination of “banana” and “cherry”, two fruits he was more familiar with.

When he was tired of being tested, he would say “Wanna go back”, meaning he wanted to go back to his cage, and in general, he would request where he wanted to be taken by saying “Wanna go..”, protest if he was taken to a different place, and sit quietly when taken to his preferred spot.

Todas estas acciones, según creo, demandan un tipo de pensamiento previo a la adquisición de un lenguaje: enfadarse por no encontrar el objeto esperado supone poseer una representación de los objetos en el tiempo y el espacio; preguntar “de qué color soy” supone poseer una noción del “sí-mismo”; aplicar una etiqueta arbitraria a una manzana, en base a las características que ésta comparte con dos frutas conocidas, supone abstraer las características comunes de esas dos frutas y compararlas con las de la manzana; quejarse por no estar en el lugar deseado supone, de nuevo, poseer el concepto de sí-mismo y, además, el concepto de localización espacial deseada. En resumen:

El talento de Alex demuestra que no solo la capacidad de comprender y actuar sobre categorías conceptuales generales como color, tamaño y número no es específica del ser humano, sino que no lo es siquiera de los simios, ni de los mamíferos. Alex puede usar estas categorías en la comprensión de etiquetas complejas, y en el siginificado incrementado que da lugar a la concatenación de varias de estas etiquetas, del estilo de: “¿De qué color hay cinco?”. Nosotros podemos tener palabras para estos conceptos, pero está claro que no es preciso disponer de lenguaje para comprenderlos y para ser capaces de actuar sobre la base de esa comprensión. (Kenneally; 2009: p. 135)

Ni que decir tiene que el caso de Alex en excepcional en muchos sentidos. Incluso antes de morir dedicó unas últimas palabras a su entrenadora, Irene Pepperberg: “You be good. I love you”. Así pues, podríamos recurrir a nuestros parientes más cercanos, los primates, para intentar determinar si ellos también dan muestra de categorización conceptual en ausencia de un lenguaje estructurado. Y la respuesta es que sí.

En su libro El desarrollo de la mente en los simios, los monos y los niños (2007), el psicólogo Juan Carlos Gómez nos muestra cómo tanto simios como monos, aunque con diferencias importantes, pueden clasificar entidades del mundo real en grupos, y además parecen poseer una noción del concepto de “igualdad”:

[…] aunque todavía existen pocas investigaciones con primates, cierta habilidad para agrupar objetos en categorías más allá de su similitud física parece formar parte de su mente; la categorización de objetos no es un producto reciente de la mente lingüística de los humanos. (p. 177)

En breve tendré más que decir sobre la categorización en primates, ayudado por la obra de Gómez. De momento, podemos retener una idea básica: el lenguaje no es imprescindible para la categorización conceptual.

Pasemos ahora a la segunda posibilidad: el lenguaje determina nuestra capacidad conceptual. Esta es una afirmación relacionada con la ontología: por “determina”, hemos de entender que el lenguaje limitaría el tipo y la clase de entidades que podríamos identificar en el mundo. De esta manera, grupos con lenguajes diferentes vivirían en mundos diferentes.

La expresión más popular de esta idea es la llamada hipótesis de Sapir-Whorf. Como podrá observarse, es una hipótesis muy relacionada con el relativismo y el construccionismo social. Y, como ya he comentado en un post anterior, la hipótesis en su versión fuerte no se sostiene. No sólo el lenguaje no determina el pensamiento, sino que parece que el pensamiento es lo que determina el lenguaje. En otras palabras:

Nuestro sistema mental es un producto de la evolución biológica. . Lo que es esperable es que, como especie, los distintos grupos humanos posean las mismas habilidades cognitivas, producto de nuestra historia filogenética. De esta manera, nuestra vida mental, moldeada por la evolución, determina qué cosas en el mundo podemos percibir y de qué manera: en este sentido, el lenguaje reflejaría esas habilidades cognitivas de base.

No obstante, la tercera afirmación que he propuesto al principio del post (“el lenguaje potencia, de alguna manera, nuestra capacidad conceptual”) parece corresponderse con una versión débil de la hipótesis de Sapir-Whorf. No encuentro mejor manera de expresar esta idea que con las palabras del lingüita Ray Jackendorff: “El lenguaje nos ayuda a pensar mejor” (citado en Kenneally; 2009: p. 144). Claro que todavía necesitamos ofrecer algún tipo de argumento para clarificar por qué el lenguaje nos aydaría a pensar mejor.

En estos momentos, volvamos al trabajo de Juan Carlos Gómez y al concepto de “igualdad” propio de los primates. Para examinar esta habilidad en distintos grupos de sujetos, existe una prueba conocida como “oddity learning”, o “econtrar el que es distinto”. En la prueba, se presentan a los sujetos grupos de tres ítems al mismo tiempo, dos iguales y uno diferente: la respuesta correcta consiste en elegir el objeto diferente (Gómez; 2007: p. 179). Gómez reseña un estudio llevado a cabo por Overman y Bachevalier en el que los investigadores aplicaron la prueba a niños de edades comprendidas entre 1,5 y 8,5 años sin utilizar ningún tipo de instrucción verbal. ¿Los resultados?:

[…] a los niños menores de 7 años [la prueba] les resultaba extremadamente difícil. Estos niños necesitaban una media de setenta y seis sesiones de entrenamiento para aprender a elegir sistemáticamente el elemento extraño, y muchos de los niños más jovenes no llegaron a aprenderlo hasta las cien sesiones de entrenamiento. Estos resultados son paralelos a los hallados con monos. (p. 179)

No obstante, se produjo para nuestros intereses un resultado aún más interesante que el anterior:

Cuando se les explicaba a los niños que el objetivo del juego era elegir el objeto que era distinto, mostraban un dominio instantáneo del problema, como si su dificultad no versara en el proceso cognitivo necesario para comparar y distinguir objetos, sino en descubrir qué quería el experimentador que hicieran: las reglas del juego. (p. 179)

La relevancia de este hecho se puede comprender mejor si tenemos en cuenta la actuación en este tipo de pruebas de los chimpancés. Gómez menciona un estudio de Davenport y Menzel en el que:

[…] encontraron que, aunque los chimpancés adultos necesitaban una gran cantidad de tiempo para aprender a elegir el elemento diferente de entre tres objetos en una tarea estándar en la que se les administraban recompensas, cuando se les ofrecían exactamente los mismos objetos fuera del contexto de aprendizaje, sólo por el placer de manipularlos, tendían a elegir el elemento diferente primero para iniciar su exploración. (p.180)

Y continúa Gómez:

Es como si la atención visual espontánea hacia los objetos nuevos se prolongara fácilmente como exploración manual espontánea dirigida también a los objetos nuevos, pero lleva más tiempo utilizar esta represntación de la novedad como herramienta para resolver problemas de emparejamiento y no emparejamiento. Quizás el papel del lenguaje en los humanos consiste en facilitar la conversión de esas representaciones implícitas sobre la novedad o identidad de los objetos en representaciones más explícitas que pueden reclutarse para la resolución de problemas. (p. 180)

Así pues, el lenguaje puede tener un papel destacado en nuestra cognición, aparte de su función comunicativa: podría facilitar determinadas tareas mediante la explicitación de las representaciones mentales necesarias para llevarlas a cabo:

Quizás el lenguaje favorezca el uso de esta habilidad [la categorización conceptual] en niveles de abstracción más explícitos y complejos, más que ser un requisito para la propia existencia de categorías. (p.177)

El experimento de Lupyan, Rakison y McClelland del año 2007, conocido como el experimento de “discriminación de aliens”, proporciona otro bonito ejemplo de cómo el lenguaje puede influir en el resultado de una tarea cognitiva de categorización, al explicitar las representaciones mentales necesarias para llevarla a cabo.

Otros hechos parecen apoyar esta influencia, como es el caso de los efectos producidos por las afasias:

Los individuos, como es el caso de pacientes de un derrame cerebral, que sufren afasia […] no solo tienen más dificultades para comunicar; también les resulta más difícil categorizar, recordar y organizar información. Esto es una prueba de que el lenguaje desempeña un papel en sus tareas cognitivas (Lupyan, citado en Keneally; 2009 : p.149-150)

Que el lenguaje pueda influir en nuestra capacidad de categorización no es un asunto menor: este hecho podría haber influído en el origen mismo del lenguaje humano. El filósofo Daniel C. Dennet, en su obra de divulgación La peligrosa idea de Darwin (1999), expone esta posibilidad de una manera muy convincente:

[…] el uso de herramientas es un signo de inteligencia en un doble sentido; usarlas no sólo requiere inteligencia para reconocer y mantener una herramienta (abandonar una y fabricar otra) sino que el uso de la herramiento confiere inteligencia a aquellos que son bastante afortunados para que les sea dada la herramienta. Mientras mejor diseñada está la herramienta (mientras más información se encuentra embebida en su fabricación) más inteligencia potencial confiere su uso. Y entre las herramientas preeminentes […] están las […] “herramientas de la mente”, las palabras.

Las palabras y otras herramientas de la mente proporcionan […] un medio interno que […] permite construir generadores de movimientos y aún más sutiles probadores de movimientos. […] [Las criaturas dotadas de palabras] dan un gran paso hacia delante aprendiendo a pensar mejor sobre lo que deben pensar a propósito del siguiente movimiento, y así en adelante, construyendo una torre de sucesivas reflexiones internas sin límite fijado o discernible. (p. 623-624)

Vemos que de nuevo aparece la idea de que el lenguaje nos ayuda a pensar mejor. A pensar mejor y a comunicarnos mejor. Todo un regalo.

Bibliografía

Dennet, Daniel C. La peligrosa idea de Darwin: evolución y significados de la vida. Barcelona. Galaxia Guttenberg, 1999. ISBN 135700018642

Gómez, Juan Carlos. El desarrollo de la mente en los simios, los monos y los niños. Madrid: Morata, 2007. ISBN 978-84-7112-504-0

Kenneally, Christine. La primera palabra: la búsqueda de los orígenes del lenguaje. Madrid: Alianza, 2009. ISBN 978-84-206-8390-4

Un comentario el “Pensamiento, lenguaje y conceptos

  1. […] Pensamiento, lenguaje y conceptos mayo, 2010 4 […]

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