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Un marco unitario para la teoría de la mente

La teoría de la mente es uno de los temas estrella de la ciencia cognitiva, y ha recibido mucha atención en los últimos años gracias al descubrimiento de las neuronas espejo. No obstante, asimilar “teoría de la mente” con la actividad de las neuronas espejo, comporta una serie de problemas tanto teóricos como prácticos. En este post, vamos a ver que hay una manera de articular una teoría global de la mente, que tenga en cuenta tanto la simulación llevada a cabo por las neuronas espejo (ne), como los procesos cognitivos de orden superior.

Hay dos maneras básicas de entender la teoría de la mente. Una de ellas es la teoría de la teoría (TT), que nos dice que inferimos los estados mentales de otras personas realizando suposiciones sobre ellos. La segunda manera es la teoría de la simulación (TS), que se apoya en el descubrimiento de las ne: según esta teoría, inferimos estados mentales de otras personas al simularnos en nuestro propio cuerpo, como resultado de la actividad de las ne.

Ambas teorías tienen sus limitaciones, que voy a comentar brevemente (hace unos meses dediqué un post a estas cuestiones, por lo que invito al/la lector/a a su consulta):

La TT no implica que las suposiciones que hacemos de los estados mentales ajenos sean conscientes. Muy bien podría suceder que no lo fueran. Aún así, cierto que estas suposiciones ocupan un lugar importante en nuestra actividad mental. Pero también lo es que, a cierto nivel, parece que conectamos con los estados mentales de otros de una manera mucho más automática y visceral. Sencillamente, esa carga emocional no puede ser explicada directamente por una serie de inferencias (sean conscientes o no).

La incapacidad de la teoría de la teoría para explicar esta conexión emocional, impulsó a un grupo de teóricos a postular la TS. Las ne proporcionarían el fundamento neurológico para la TS. Pero la TS se enfrenta a dos problemas importantes. En primer lugar, nuestra capacidad para atribuir deseos o intenciones a otros es limitada, dado que cada mente se encuentra sujeta a un complejo sistema de creencias: es difícil ver cómo podríamos reproducir en nuestra propia mente ese sistema sin una información explícita (no simulada) sobre el mismo. En segundo lugar, y relacionado con el punto anterior, nos es difícil predecir cuándo en un sujeto se deberían originar creencias discrepantes: los particulares sistemas de creencias influyen sobre la manera particular en que tenemos de interpretar una misma información.

Como decía en la introducción, parece que para dar cuenta de la teoría de la mente necesitamos tener presentes tanto las operaciones cognitivas de nivel superior, implícitas en la TT, como las simulaciones automáticas propuestas en la TS. Y parece que para ello disponemos de un modelo muy sugerente, propuesto por John Barresi y Chris Moore en su artículo Intentional relations and social understanding.

La propuesta de Barresi y Moore pretende proporcionarnos un esquema que nos permita comprender las diferentes maneras en que los organismos se enfrentan al fenómeno de lo mental. Lo que examinan con su trabajo, por tanto, es el fenómeno de la intencionalidad, es decir, la capacidad de las mentes para “ser sobre”, “representar” o “estar en lugar de” cosas, propiedades o estados de cosas.

Así definida podemos ver que en el fenómeno de la intencionalidad, en lo que se refiere a la teoría de la mente, hay implicados dos tipos de información: información sobre los estados de otros organismos, e información sobre los propios estados:

Los estados de otros organismos, nos dicen Barresi y Moore, no suelen ser accesibles directamente, porque la información que  conduce a dichos estados depende fuertemente de relaciones espacio-temporales (determinadas por la visión, el movimiento,…).

Los estados del propio organismo no dependen de que el organismo tenga conciencia de sí. Por ejemplo, los insectos reciben información sobre su propia actividad gracias a receptores especializados de estímulos (que ayudan al insecto a acercarse o alejarse de un estímulo,…).

Recordemos que ésta es una caracterización general de los tipos de información involucrados en el fenómeno de la intencionalidad mental. Es por ello que aunque la teoría de la mente humana sí puede presuponer una consciencia de sí mismo, y una simulación directa de los estados de terceros, no deberíamos afirmar que ésos fenómenos están siempre presentes (como iremos viendo a continuación).

Según los autores, estos dos tipos de información pueden ser integrados en un esquema unitario, que denominan esquema intencional. En palabras textuales:

 By the intentional schema we mean an intermodal perceptual and conceptual sturcture with the capacity to coordinate and integrate first and third person sources of information about object-directed activities into representations that link agents to objects through intentional relations.

La diferentes interacciones entre estos dos tipos de información, explicitadas en el esquema, representarán diferentes niveles explicativos para los fenómenos diversos a que nos referimos con el término general “teoría de la mente”. ¿Cuáles son estos niveles?

Nivel 1: los dos tipos de información son procesados de manera independiente.

Esto implica que los estados de otros organismos son procesados en relación a una respuesta medio-ambiental, sin que ello implique la comprensión de la intencionalidad de esos organismos. O dicho de otra manera: los propios estados intencionales no son atribuidos a otros organismos, habiendo una separación clara entre la propia mente y las mentes ajenas.

Para entender esto, pongamos un ejemplo. Los grandes primates no son los únicos animales sociales: hay una gran cantidad de especies de monos que también lo son. Pero hay diferencias importantes en el grado en que la teoría de la mente se desarrolla en estas especies. Por ejemplo, muchas especies de monos utilizan los gestos faciales y la observación del comportamiento para inferir comportamientos de los miembros del grupo. Pero esto no implica que haya una verdadera comprensión de los estados mentales ajenos: los monos no ligan el comportamiento de sus congéneros a unos motivos mentales inobservables. Más bien, parece que esos comportamientos se predicen en base a experiencias pasadas, y a fenómenos observables como la dirección de la mirada. Como nos recuerdan Barresi y Moore, los monos muestran una acusada carencia de empatía (la capacidad de reconocer estados mentales ajenos como propios).

Nivel 2: los dos tipos de información son precesados de manera conjunta.

En este nivel, sucede todo lo contrario que en el anterior: los dos tipos de información son integrados, sin que haya una diferencia clara: la integración total supone que se atribuye a los otros exactamente la misma intencionalidad que la propia.

Un ejemplo claro es el de los bebés. Hacia la segunda mitad del primer año de vida, comienzan a manifestar una atención compartida (es decir, miran en la misma dirección que los adultos) y un interés por los juegos imitativos con objetos. Estos fenómenos muestran una temprana y básica compresión de la intencionalidad. Pero es muy probable que esta comprensión esté basada en programas innatos, que llevan a interaccionar con los otros de determinadas maneras. Dicho de otro modo: en esta etapa, sólo la información sobre los otros que se experimenta de manera directa cuenta para la atribución de la intencionalidad. Habrá que esperar al progresivo desarrollo de funciones cognitivas superiores para poder inferir estados mentales no observables directamente.

Nivel 3: la información que permite inferir estados en los otros referentes a uno mismo ya no depende de la experiencia directa, sino que la imaginación permite inferir esos estados aún cuándo no son un reflejo directo del comportamiento.

Un ejemplo de este nivel 3 lo tenemos, de nuevo, en los bebés. Hacia los 18 meses, experimentan sentimientos como la vergüenza, que implican tanto una percepción del yo como una inferencia de los estados mentales del espectador que están relacionados con el bebé que no tiene por qué estar basada en el comportamiento de éste. Pero no sólo podemos observar este nivel en los bebés. Los autores incluyen aquí a los grandes simios. La cuestión de qué clase de teoría de la mente poseen los grandes simios sigue siendo controvertida. Aún así, parece que la evidencia disponible apunta a una dirección: parecen poseer una teoría de la mente bien adaptada a las situaciones de competición, pero no tanto a las de cooperación. Estos descubrimientos refuerzan la suposición de Barresi y Moore. En una situación de competeción (por ejemplo, competición por los alimentos), es de vital importancia contar con una predicción fiable de los estados mentales de los miembros del grupo en lo que respecta al individuo que interactúa con   éstos; pero no es imprescindible contar con inferencias más elaboradas. Saber que un competidor no ha visto al individuo quedarse con una pieza de fruta, o aparearse a escondidas con una hembra, supone una clara ventaja. Pero las interacciones entre los grandes simios rara vez muestran la riqueza o la complejidad que muestran las interacciones humanas en lo que respecta a la cooperación: en ésta, todo un abanico de sentimientos y conceptos morales entra en juego, y necesariamente la teoría de la mente que se necesita ha de ser más compleja. Por tanto, no es que los grandes simios (como los chimpancés) carezcan de teoría de la mente: tienen su propio tipo de teoría de la mente, producto de las adaptaciones ecológicas y sociales que han marcado su evolución.

Nivel 4: es posible inferir estados mentales propios y ajenos que se puedan producir en un futuro o en una situación hipotética.

Ésta es una importante diferencia con respecto al nivel 3, ya que pone al individuo en situación de atribuir relaciones epistémicas (de conocimiento) respecto a objetos u otros individuos en situaciones hipotéticas, independientemente de la experiencia o de la implicación el propio individuo en la situación. Un buen ejemplo es la atribución de creencias falsas, que se produce de manera sistemática en los niños a partir de los cuatro años. Es destacable que los grandes simios sean incapaces de atribuir creencias falsas a otros congéneres.

Con los cuatro niveles, el marco está completo. El trabajo de Barresi y Moore nos permite, como apuntaba más arriba, obtener una visión global de la TM, donde tanto los procesos simulados (por ejmeplo, los que se producen en el nivel 2) como los cognitivos superiores (niveles 3 y 4) tienen cabida. Además, el esquema es aplicable tanto al desarrollo humano como al estudio de los diferentes tipos de TM que muestran los diferentes grupos animales (siendo el caso más destacado el de los grandes simios).

Aunque es un trabajo denso, rico en conceptos e implicaciones, representa el mejor ejemplo de integración de posturas en el campo de la TM moderna.

Un comentario el “Un marco unitario para la teoría de la mente

  1. […] espejo (ne), y algunos de los problemas que su investigación presenta (por ejemplo: aquí y aquí). Y es que desde que fueron descritas en la década de 1990, se ha visto en su actividad la base […]

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