1 comentario

Democracia epistémica (o por qué necesitamos una democracia deliberativa)

Aunque la política no es un universal humano (en el sentido de ser común a la especie, independientemente de la cultura), sí que es un fenómeno que afecta a buena parte de las poblaciones humanas. Tal y como nos dice la Wikipedia, la política es la actividad humana que tiende a gobernar o dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad. Y la expresión más difundida de esa actividad es la democracia (aunque no es la única, claro está). La pregunta que voy a plantear en este post es: ¿hay alguna manera de entender la democracia que tenga en cuenta nuestras peculiaridades como especie en lo que respecta al conocimiento y a la moral? La respuesta es que sí: la llamada democracia epistémica.

Para elaborar el post, voy a utilizar las reflexiones  del filósofo Jose Luís Martí . Como siempre, me sentiré libre de destacar los puntos que a mi juicio sean más importantes, así como de complementar sus ideas cuando lo crea conveniente.

Aunque podríamos identificar diferentes tipos de democracia, la que aquí nos interesa es la democracia deliberativa (DD). Como nos dice Martí, el adjetivo “deliberativa” hace referencia a un proceso de toma de decisiones basado en la argumentación o deliberación, ajeno por tanto a la negociación o al voto. Esta concepción de la democracia tiene tres implicaciones:

En primer lugar, como ideal democrático la DD busca incluir en el proceso de toma de decisiones a tod@s aquell@s que (potencialmente) puedan verse afectad@s por las decisiones en cuestión, reconociendo en tod@s ell@s una capacidad semejante de influir en la desición final.

En segundo lugar, como ideal deliberativo las decisiones políticas pretenden ser tomadas a través de un proceso colectivo de argumentación, basado en el intercanvio de razones como medio de convencer racionalmente a los otros (alcanzando así un consenso racional).

En tercer lugar, como un proceso discursivo basado en razones, la deliberación implica la existencia razones (o verdades imparciales) en las decisiones políticas, así como la posibilidad de conocer cuál es la decisión correcta.

Este último punto es especialmente importante. La existencia implícita de razones, y la posibilidad de conocer cuál es la decisión correcta, implica a su vez la existencia de un criterio intersubjetivo, independiente de las preferencias personales, y del proceso mismo de deliberación, que permita discriminar entre las diferentes razones aducidas en el proceso de deliberación.

La existencia de este criterio intersubjetivo es precisamente lo que distinguirá la deliberación propia de este tipo de democracia, de otros tipos de democracia no deliberativas como por ejemplo: aquellas democracias basadas en la negociación, donde los elementos centrales son la persuasión, la promesas, el regateo,… y no el intercambio racional de opiniones; o aquellas democracias fuertemente fundamentadas en el voto, donde el acto de votar no presupone ningún proceso de deliberación racional.

Por supuesto, como nos recuerda Martí tanto las democracias deliberativas, como las democracias basadas en la negociación como en el (sólo) acto de votar, son democracias ideales. En la práctica, es usual que las democracias presenten una mezcla de estos factores. Pero es precisamente esa mezcla la que importa. Esos tres modelos ideales delimitan tres contornos democráticos que nos permiten juzgar el funcionamiento y el fundamento de una democracia real.

¿Por qué deberíamos preferir la DD a otros tipos de democracia? Aquí es donde entra en juego la concepción epistémica (CE) de la democracia. Según esta idea, la DD está justificada (y por tanto las decisiones políticas tomadas a partir de la deliberación racional), en tanto en cuanto los procesos democráticos deliberativos tienen un mayor valor epistémico que otros procesos democráticos.

Recordemos que la epistemología es la rama de la filosofía que estudia las circunstancias bajo las cuáles estamos justificados en decir que conocemos, así como qué hemos de entender por “conocimiento”. Así, que un proceso deliberativo tenga mayor “valor epistémico” quiere decir que las decisiones adoptadas mediante la deliberación suelen ser, por lo general, más acertadas que aquellas que se adoptan mediante otros procesos.

De nuevo, la EC es una idealización. Puede que otros sistemas, en situaciones particulares, conduzcan a decisiones más acertadas que mediante la deliberación. También es cierto que en una democracia no todos los procesos pueden ser tomados mediante deliberación (aunque este punto lo trataremos más adelante). Además, el proceso de deliberación no es infalible, por lo que igualmente se podrían llegar a tomar decisiones erróneas aún deliberando. Pero eso no cambia las cosas: lo que la EC nos dice es que es más probable en un global de casos llegar a decisiones acertadas mediante la deliberación que sin ella.

Si las decisiones que podemos tomar en una DD son las más acertadas (por lo general), es porque podemos conocer cuál es la decisión correcta entre un abanico de opciones. La EC implica, por tanto, dos puntos importantes, que Martí denominada la “tesis ontológica” y la “tesis epistemológica“:

La tesis ontológica nos dice que hay estándares de certeza, que son independientes (en parte) de las preferencias y deseos de los participantes en el proceso de deliberación. Dicho de otra manera, y en términos más controvertidos, podemos conocer la verdad y falsedad sobre diferentes hechos según esos estándares.

La tesis epistemológica nos dice que, de nuevo en general, la DD es el proceso democrático más fiable para identificar las decisiones políticas correctas. Es decir, que mediante la DD estamos en mejores condiciones de conocer la verdad o la falsedad sobre diferentes hechos, que mediante otros procesos de toma de decisiones.

Estas dos tesis dos dejan con dos preguntas, cuya respuesta condiciona que podamos sostener realmente la EC. La primera pregunta es: ¿realmente podemos existen estándares de certeza?, es decir, ¿realmente podemos afirmar la verdad o falsedad de un hecho independientemente de nuestras preferencias?; la segunda pregunta es: ¿por qué la DD es el proceso más fiable para llegar a determinar la verdad o falsedad de diferentes hechos, permitiéndonos escoger la decisión correcta?

Comencemos comentando la segunda pregunta. La DD es el proceso más fiable porque está basado precisamente en la deliberación mediante razones. De nuevo, la deliberación no es un proceso perfecto, ni garantiza que siempre se pueda llegar a un acuerdo. Pero sí que, según Martí, presenta una serie de virtudes:

Primera, la deliberación incrementa el intercambio y el pool de información disponible, incluyendo la información que concierne a aquellos potencialmente afectados por las decisiones que se han de tomar.

Segunda, la deliberación permite la expresión de las preferencias individuales en torno a elecciones particulares.

Tercera, la deliberación permite y potencia la detección de errores lógicos y de hecho en las argumentaciones.

Cuarta, la deliberación ayuda a controlar los factores emocionales y a filtrar las preferencias irracionales.

Quinta, la deliberación hace que la manipulación de la información y de la agenda política sea más difícil.

Hay que recalcar de nuevo que todas estas virtudes no tienen por qué cumplirse en cada caso específico. Pero es por eso precisamente por lo que son “virtudes”: la deliberación nos presta una serie de herramientas idóneas para el proceso colectivo de toma de decisiones. De esta manera, cuanto más cercana se encuentre una democracia a este ideal deliberativo, más probable es que se llegue a decisiones correctas e imparciales.

¿Qué hay de la primera pregunta?: ¿podemos afirmar la verdad o falsedad de un hecho, independientemente de nuestras creencias? Esta es una cuestión recurrente en nuestras sociedades, impulsada por el postmodernismo. En un post anterior ya he tratado esta cuestión, por lo que no me puedo extender aquí. Simplemente, recordaré dos cuestiones. Por un lado, el hecho de que nos podamos conocer con absoluta certeza no implica que no podamos conocer: nuestro conocimiento es falible, pero sigue siendo conocimiento; la exigencia de verdad absoluta es, sencillamente, inaplicable a animales como nosotros. En segundo lugar, la ciencia cognitiva nos demustra cómo, aún a pesar de la variedad de prácticas de las sociedades humanas, compartimos un buen número de principios comunes que nos hacen enfrentarnos al mundo de maneras semejantes.

En resumen, aún aceptando un cierto relativismo en cuanto al conocimiento, sigue siendo cierto que podemos afirmar la verdad o falsedad de determinados hechos de una manera abosluta (limitada, claro está, por nuestras capacidades intelectuales como especie).

Hay otra cuestión importante a tener en cuenta. Si la deliberación ha de basarse en razones, ¿no correría peligro la DD de acabar convertida en una especie de elitismo? Dicho de otra manera. Es cierto que hay individuos que pueden aducir mejores argumentaciones que otros, en base a sus conocimientos y sus capacidades: ¿no se debería permitir que estos individuos excluyeran a los demás de la toma de decisiones, basándose precisamente en su competencia argumentativa?

El peligro de esta posibilidad es evidente: dejaría a los demás individuos en una posición propensa a la dominación, donde se abre la puerta a que una élite toma las decisiones de espaldas a los demás, sin ninguna regulación ni justificación; o, aún peor, que basándose en su posición de dominio las élites acaben anteponiendo sus intereses sobre los de los demás individuos.

El argumento en contra de la posibilidad de permitir este elitismo está basado precisamente en las implicaciones morales de la dominación. Si la DD se caracteriza por algo, es por la preocupación por la consideración igualitaria de la dignidad humana. Por supuesto que la moralidad también puede ser puesta en entredicho mediante el relativismo: “la moralidad es cuestión de acuerdos entre grupos, no hay una moral mejor que otra”. También he tratado esta cuestión en un post anterior, pero el argumento básico en contra de esta creencia es parecido al arguemento en contra del relativismo en cuanto al conocimiento: aún aceptando una gran variedad de prácticas morales, como especie tenemos unos intereses y unas necesidades comunes, que nos legitiman para considerar determinadas prácticas como “buenas” y otras como “malas” (siempre en función de nuestras limitadas capacidades cognitivas).

Como conclusión: tenemos más que buenas razones para apostar por una democracia deliberativa, donde el respeto a la dignidad y a las necesidades humanas, se sume al respeto por la verdad y la evidencia en la toma de decisiones que puedan potencialmente afectarnos.

Un comentario el “Democracia epistémica (o por qué necesitamos una democracia deliberativa)

  1. […] dicen los autores, sus resultados ofrecen un apoyo adicional a la investigación de la llamada democracia deliberativa. Según esta concepción de la democracia, lo fundamental no es el voto, sino la libre discusión […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: