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Preescolares creen que los objetos naturales no tienen dueño

Un reciente estudio nos muestra cómo los niños son capaces de juzgar que los objetos fabricados es más probable que pertenezcan a alguién que los objetos naturales. El estudio, llevado a cabo por Karen R. Neary, Julia W. Van de Vondervoort, y Ori Friedman, de la Universidad de Waterloo, es interesante porque nos arroja nueva luz sobre la capacidad de los niños (y de los humanos en general) para razonar sobre conceptos abstractos como el de “pertenencia”. Por ello, el estudio se enmarca, como nos dicen los autores, en las líneas de investigación sobre nuestra capacidad conceptual, que incluye temas como la teoría de la mente, la cognición numérica y el razonamiento moral.El estudio fue llevado a cabo con 131 niños, de entre 3 y 6 años, utilizando cuatro experimentos relacionados.

En el primer experimento, niños de 3 años observaron fotografías de cinco objetos reconocibles como fabricados por personas (un tenedor, un oso de peluche, una pelota, un zapato y un camión), así como de cinco objetos naturales (una hoja, una concha, una roca, una rama, y una piña de pino). Los experimentadores no nombraron los objetos, pero preguntaron a cada niño “¿Pertenece esto a alguién?” Los pequeños respondieron que los objetos fabricados pertenecían a alguién en un 89% de las ocasiones, frente a un 28% para los objetos naturales.

Para comprobar que los niños no estaban basando sus juicios en sus experiencias personales con los objetos, los experimentadores mostraron seis fotos de objetos no familiares a otro grupo de 57 pequeños, con edades entre los 3 y los 5 años. De nuevo, los investigadores no nombraron los objetos, y realizaron la pregunta “¿Pertenece esto a alguién?” Los chicos mayores respondieron que los objetos naturales no pertenecían a nadie, pero los chicos más pequeños dudaron sobre si los objetos que parecían ser sintéticos (y que, recordemos, no les eran familiares), pertenecían a alguién o no.

Un tercer experimento, parecido al anterior, fue llevado a cabo con otro grupo de niños (de entre 3 y 4 años). En este caso, los investigadores sí que comunicaron a los pequeños qué objetos habían sido fabricados, y cuáles no. Esta vez, no hubo dudas: los niños dijeron que los objetos fabricados pertenecían a alguién más frecuentemente que en el experimento anterior.

Finalmente, en un cuarto experimento los investigadores quisieron saber si los niños de entre 4 y 5 podrían suponer si al presentarles la imagen de una persona, podrían suponer qué objetos podrían gustar a esa misma persona. Para comprobarlo, mostraron a los pequeños una fotografía de una mujer, a la que llamaron Sally, y dos fotografías de objetos no familiares, uno natural y el otro fabricado. A continuación, preguntaron a los niños “¿Cuál pertenece a Sally?” El 72% de los pequeños contestó que el objeto fabricado era el que pertenecía a Sally. Pero cuando preguntaron qué objeto le gustaba más a Sally, el 47% respondió que el objeto fabricado era su preferido.

¿Cómo explicar estos resultados tan variados? Los investigadores nos comentan que podría haber tres mecanismos implicados en las respuestas ofrecidas por los niños:

En primer lugar, es poco probable que los niños estuvieran utilizando reglas específicas sobre los objetos, del tipo “los zapatos pertenece a alguién”, porque esas reglas no pueden explicar las expectativas de los niños sobre los objetos que no les eran familiares. Pero los niños sí que podrían estar utilizando reglas más generales. Por ejemplo, si basándose en su experiencia los niños determinan que los objetos hechos de plástico suelen pertenecer a alguién, podrían generalizar y suponer que cualquier objeto hecho de plástico puede pertenecer a alguién. De manera similar, experiencias con plantas pueden llevar a los niños a generalizar al suponer que las plantas no pertenecen a nadie. Así, la experiencia con los objetos podría llevar a los niños a realizar generalizaciones sobre qué características de los objetos (p. ej., “hecho de plástico), o qué categorías de objetos (p. ej. “plantas”), son indicadoras del concepto “pertenecer a alguién”.

Estas generalizaciones permitirían a los niños hacer juicios tanto sobre objetos familiares como no familiares: aunque no hubieran tenido una experiencia previa con un objeto, sí que podrían detectar una característica relevante o suponer la categoría a a la que pertenece el objeto (y, según los autores, esto puede ser plausible, debido a que un diferentes características pueden distinguir los objetos naturales de los fabricados).

En segundo lugar, los niños también podrían estar utilizando un razonamiento basado en principios. De esta manera, podrían suponer que el hecho de fabricar un objeto otorga a la persona que lo ha fabricado su pertenencia, para así utilizar este principio de pertenencia para juzgar si los objetos pertenecen o no a alguién: los objetos fabricados, entonces podrían tener un dueño por el hecho de haber sido creados por alguién, mientras que nos objetos naturales no tendrían un dueño por el motivo inverso. Este razonamiento sobre el origen implica que la capacidad de los niños de juzgar sobre si pertenece o no a alguién depende de que puedan determinar si los objetos están fabricados o no. Como vimos en el tercer experimento, los niños de menor edad tenían problemas al determinar si objetos no familiares pertenecían a alguién o no, pero esta dificultad se atenuaba cuando los experimentadores les decían qué objetos habían sido fabricados.

En tercer lugar, podría haber otro mecanismo de razonamiento basado en un principio en juego. Los artefactos tienen funciones que son de utilidad para la gente, mientras que no es el caso típico para los objetos naturales (lo cuál no quiere decir que a algunos objetos naturales sí que se les pueda llegar a asignar funciones). Si los niños esperaran que los artefactos, y no los objetos naturales, puedan tener alguna función determinada, esta expectativa les podría llevar a realizar juicios sobre su pertenencia a alguién.

Estos tres principios, que no son mutuamente excluyentes, nos explicarían por qué los pequeños de entre 3 y 5 años tenían dificultades en juzgar si los objetos no familiares pertenecían a alguién, así como por qué éstos mismos pequeños era más probable que respondieran que los objetos naturales no pertenecían a nadie: este grupo podría haber tenido dificultades a la hora de determinar qué características de los objetos no familiares eran predictivas del concepto “pertenecer a alguién”, así como a la hora de determinar si estaban fabricados por alguién o si existían para alguna función. Estas inferencias podrían haber sido más fáciles para los niños mayores. Así mismo, los tres principios nos indicarían que los niños de entre 3 y 5 años basan sus juicios sobre los artefactos no familiares sobre generalizaciones sobre las características de esos objetos, y que la superior actuación de los niños de 6 años podría indicar el inicio de un razonamiento basado en principios.

Los autores nos dan diferentes razones para considerar como importantes sus resultados, pero personalmente me quedo con dos.

En primer lugar, el estudio pondría en duda la idea que dice que los pequeños saben poco sobre los orígenes de los objetos naturales, por lo que los considerarían de manera similar a los objetos fabricados, en el sentido de haber sido creados para un propósito. No parece que sea el caso, dadas las diferentes expectativas que los niños mostraban sobre ambos tipos de objetos, incluso a una edad tan corta como 3 años. Además, los niños mostraban expectativas más sólidas en cuanto a los objetos naturales, considerando tanto los familiares como los no familiares como no perteneciendo a nadie.

En segundo lugar, los resultados también contradicen la idea de que los niños sólo llegan a comprender la relevancia de los orígenes de los objetos para sus propiedades, si consideramos “pertenecer a alguién” como una propiedad de un objeto.

Créditos:

Imagen de teresia

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